Sunday 24th September 2017,
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Sentado al mando de un Tesla Model 3

Al volante del Model 3
Probamos el coche del jefe de proyecto

Apenas son las tres y media de la tarde, mientras los empleados de las fábricas aledañas comienzan el fin de semana, el revuelo alrededor de Tesla es notable. Su gran apuesta va a empezar a rodar. A las 9 de la noche, Elon Musk comenzará la entrega de los primeros 30 coches que saldrán del recinto. Antes, los invitados de medios, apenas un par de docenas, pueden probar los primeros coches de manera ordenada, en tráfico real, viendo cómo los otros conductores se quedan mirando.

La primera sensación es la de un coche sencillo, sin ánimo de ostentación. Claramente funcional. Las ventanas se suben y bajan con botones elegantes, pero físicos. Como los de los utilitarios de siempre.

El salpicadero simula madera y no hay pantalla tras el volante. Sí una grande que sobresale, como si estuviera en un atril, ya no va incrustada como en los modelos anteriores y tampoco vertical, sino horizontal.

En la misma se gestionan los mapas, velocidad, autonomía, música, consultas en Internet, información de tráfico, temperatura… Es el centro y es táctil. También funcionará con voz, pero no hemos llegado a probarlo.

El autopiloto no está disponible. No hasta que el coche recorra suficientes kilómetros como para que las cámaras y sensores tengan datos y lo ofrezcan con seguridad. Seguramente su dueño pueda ir y volver del trabajo sin manos en un par de meses.

Cuando se arranca no hay sonido, tampoco palanca. Tras al volante dos manillas que parecen clásicas, como en cualquier coche de gama media. La izquierda sirve para dar los intermitentes, poner los limpiaparabrisas o ajustar luces. La derecha, aunque tienen un diseño similar, sirve para poner las marchas. Son las mismas que en un modelo automático. Al apretar se pone en modo parking y ya nos podemos bajar.

A diferencia de los modelos S y X, no hay tres filas de asientos (la última opcional), pero se mantienen dos maleteros. Acelera sin hacer ruido. La sensación es similar a la de un Volkswagen deportivo, y seguramente sea uno de los modelos con los que más se va a comparar.

El interior del Model 3 de Tesla.
En la vuelta alrededor de la factoría que da trabajo a más de 6.000 personas, bordeamos obras, saludamos a curiosos que abren la boca ante el trabajo de los vecinos en los semáforos y antes de querer darnos cuenta ya estamos de nuevo en el punto de partida. El tráfico real no deja demasiadas concesiones para hacer una prueba real, pero las sensaciones son positivas.

El copiloto, que lleva cuatro años en la empresa y más de dos y medio inmerso en este proyecto, no oculta su satisfacción. Al día siguiente ese coche que hoy nos presta será suyo.

Si alguien quiere un Tesla ya, ya, ya, lo mejor es que se haga con un S y lo reciba en un par de meses. El 3 puede tener una espera de un año si se pide hoy, pero todavía tienen que salir de la línea de producción los reservados.


Al volver al punto de partida, todavía quedaba una sorpresa. “¿Te gustan las montañas rusas?”, fue toda la oferta. Un Model S P100D, el más potente de toda la gama, de asientos de cuero blanco esperaba para llevarnos a la pista de pruebas, situada entre la parte trasera de la nave y las vías del tren. “Posa la cabeza”, advierte el conductor. Esta vez no nos dejan ponernos a los mandos. Con razón. El ludicrous mode pasa de 0 a 100 en 2,8 segundos.

¿Por qué Tesla tiene una pista así en su sede? Porque ya estaba cuando compró el edificio. Antes de ser el corazón del coche que más interés despierta en los últimos años perteneció a General Motors y Toyota, una fusión temporal de recursos para abastecer a la Costa Oeste. En 2010 comenzó a escribir la historia de Tesla, el sueño de Elon Musk.

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